Martirio de San Vicente Mártir

En este post, vamos a hablar sobre el martirio de San Vicente, para ello, vamos a seleccionar algunos fragmentos que recoge Santiago de la Vorágine, en su obra La leyenda dorada (vol. I), páginas 120-123. Para ilustrar el texto intercalaré algunos detalles del frontal de Liesa, obra excepcional del románico en Huesca (S. XIII).

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Vicente, en latín Vincentius, etimológicamente deriva, o de vitium incendis (quemador de vivios), o de vicens incendia (extintor de vicios), o sencillamente de vicens (victorioso).
Quemador de vicios, en cuanto que, por medio de la mortificación corporal prendió el fuego a las inclinaciones desordenadas; extintor de incendios, en cuanto que con la fortaleza con que soportó las pruebas a que fue sometido, apagó las llamas de los tormentos que sus perseguidores le aplicaron; y victorioso, en cuanto que con su desprecio del mundo se alzó con la victoria sobre sus engañosos atractivos. El mundo en efecto intentó seducirle con tres señuelos; el de las flasas doctrinas, el de los amores eternos y carnales y el de los mundanos temores; pero Vicente venció al primero con su sabiduría, al segundo con su limpieza de corazón y al tercero con su constancia. A este proposito escribe Agustín: “Los martirios de los santos han sido y siguen siendo libros abiertos que nos enseñan a triunfar sobre los errores, los amores y los temores de este mundo”. En opinión de algunos, fue el propio San Agustín quien escribió la historia del martirio de este santo.

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Vicente, noble por su linaje, pero más noble aún por su Fe y su religiosidad, fue diácono del obispo de Zaragoza San Valerio. Su facilidad de palabra y su elocuencia eran tales que el prelado delegó en él todo lo concerniente a la enseñanza y a la predicación en la diócesis. San Valerio, libre de estos trabajos, se entregó de lleno a la oración y la contemplación. Pasado algún tiempo desde su predicación tanto el obispo como su diácono fueron apresados por orden de Daciano, cónsul del emperador, conducidos a la ciudad de Valencia y encerrados en un calabozo.

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Un día Daciano, mandó que le llevaran a su presencia a los dos prisioneros. La sorpresa del cónsul fue muy grande al verles alegres y de muy buen aspecto. La sorpresa se trocó en indignación, Daciano, en tono irritado, se encaró con el obispo y le preguntó:¿Cómo, bajo pretexto de seguir tu religión, te atreves a conculcar los decretos de los príncipes?Valerio contestó con voz tan baja, que apenas podía entenderse. Entonces Vicente le miró y le dijo:

Venerable Padre, no hables tan bajo, podrían creer éstos que estás asustado. Habla recio, o si lo prefieres autorizame a mí para que en tu nombre responda a la pregunta.

Valerio le contestó: Hijo mío, desde hace mucho tiempo, por delegación mía, vienes ejerciendo en nuestra iglesia el ministerio de la palabra. Por supuesto que te autorizo para que sigas haciéndolo y des testimonio de nuestra Fe y refutes las acusaciones de que somos objeto.

Seguidamente Vicente, mirando a Daciano le habló de esta manera:

Hasta ahora todos tus discursos y peroratas no han tenido más fin que el de negar y atacar nuestras doctrinas. Escucha bien lo que te digo: A juicio de los cristianos, no hay delito mayor, ni más abominable blasfemia que negar a Dios el culto y el honor que le son debidos.

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Daciano, enfurecido, dictó contra Valerio sentencia de destierro y después dirigiéndose a Vicente, al que llamó jovenzuelo presuntuoso y para que sirviera de escarmiento a otros, lo condenó a morir en el potro. Consistía este género de muerte en tender al reo sobre una especie de caballete de madera en forma de equis, amarrar bien todo su cuerpo al artefacto y en tirar luego de sus brazos y sus piernas hasta descoyuntar y arrancar estos miembros.

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Daciano, asistió a la tortura del diácono, y cuando el organismo de éste se hallaba ya casi totalmente dislocado, preguntó irónicamente al mártir:

Dime Vicente, ¿qué tal está tu cuerpo?

A lo que Vicente, sonriendo contestó: Esto es lo que siempre he deseado.

(…)

Con esas amenazas aumentas la felicidad que siento. Da rienda suelta a todos los recursos de tu ferocidad y comprobarás que, por mucho que me atormentes, Dios me dará fortaleza para soportarlo todo, y a través de ella, se pondrá de manifiesto que el poder divino es muy superior al que tú puedas desplegar haciéndome sufrir los más refinados padecimientos.

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Daciano tomó un látigo y, dando gritos, comenzó a fustigar con él a los verdugos para excitar su crueldad y obligarles a que con mayor ensañamiento hicieran su oficio.

Vicente exclamó con ironía: Pero Daciano ¿qué significa esto? ¿acaso estás vengándome de mis torturadores?

(…)

Los verdugos, azuzados por Daciano, clavaron en los costados del mártir rastrillos de hierro, lacearon sus costillas y se las arrancaron dejando las entrañas al descubierto. Sobre el cuerpo de la víctima corría la sangre a torrentes.

Daciano, ciego de ira, dijo al mártir:

Vicente, compadecete de tí, reniega de tu Fe, en tu mano está verte libre de estos y ulteriores tormentos.

Calla lengua venenosa y diábolica! Convéncete de que aguanto todo lo que tu ferocidad sea capaz de discurrir (…) cuanto mayor es tu rabia, mayor es mi alegría. No aminores los suplicios sigue atormentándome y confiesa de una vez tu derrota.

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Por orden de Daciano se sustituyó la tortura del potro por la del fuego. En un lugar a cierta distancia prepararon una parrilla de hierro y la colocaron sobre una inmensa lumbre de brasas. Los verdugos trasladaron al mártir hasta el sitio del nuevo suplicio, durante el traslado, no solo se mostró alegre, sino que estimuló a sus portadores a que caminaran más aprisa. Al llegar, él mismo se tendió sobre la parrilla. El cuerpo del santo comenzó a abrasarse, a asarse y consumirse (…) Vicente oraba sin cesar.

El fuego se consumió, las brasas se apagaron y el mártir no obstante, seguía con vida. Los verdugos avisaron a Daciano, que los increpó diciendo: ¿De manero que os ha vencido? Pues a mi no me vencerá! Puesto que aún vive, vamos a prolongarle la vida, pero sometiéndolo a nuevos sufrimientos. Buscad el calabozo más lóbrego y profundo que haya en la ciudad; cubrid el suelo con cascotes de teja, clavadle los pies a un tarugo de madera y dejadlo allí encerrado y abandonado hasta que muera.

Los crueles verdugos ejecutaron punto por punto las órdenes. Pero el Rey a quien el mártir servía convirtió las terribles torturas de su siervo en gozos deleitosos. Una extraña claridad disipó las tinieblas de la lóbrega mazmorra, la dura aspereza de los cascotes de teja se convirtió en bandura suavísima y perfumada cual lecho de flores. Del cielo descendieron algunos ángeles que le desclavaron los pies y en su compañía paseó por estancia alfombrada de pétalos y cantó himnos de alabanza en honor a su Señor. Los carceleros que a través de unas rendijas atisbaron cuanto en la celda del prisionero ocurría, sorprendidos e impresionados se convirtieron al cristianismo.

(…)

Daciano, una vez conocido el resultado del nuevo martirio pensó; si seguimos atormentándolo y logramos darle muerte en estas circunstancias contribuiremos a que los cristianos le glorifiquen. Vamos provisionalmente a mudar de táctica: acostadlo en una cama muy cómoda, entre suavísimas sábanas y colchones mullidos; procurad que se recupere y cuando se haya recuperado, le someteremos a nuevos tormentos.

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De acuerdo con estas órdenes, Vicente fue llevado a un lecho muy confortable; más apenas se recostó sobre él, entregó su espíritu a Dios.

Cuando Daciano supo que el mártir había expirado estremeciéndose de espanto y rabioso de ira por la derrota de que había sido objeto, dijo:

Ya que no pude vencerle mientras permanecía con vida, le venceré ahora que está muerto; procuraré que su cadáver sea destruido de este modo demostraré ante el pueblo que he triunfado finalmente de este difícil enemigo.

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Daciano ordenó que llevaran el cuerpo del difunto a un lugar apartado y que lo dejasen allí, a la intemperie, sin enterrarlo, para que las aves de rapiña y las fieras lo devoraran. Inmediatamente acudieron al sitio elegido unos ángeles y montaron guardia permanente junto a los restos del santo. Hasta un cuervo, pese a que estos pajarracos son por naturaleza voraces, colaboró con los espíritus celestiales en defensa de las reliquias del mártir, planeando a cierta altura sobre el venerable cadáver. (…)

De todo esto se enteró Daciano, quien arrebatado de furor, exclamó: ¡Oh, Vicente! Pero ¿es posible que no pueda vencerte ni siquiera ahora que ya estás muerto? Puesto que los animales de la tierra no han podido devorar tu carne, haré que la engullan los monstruos marinos.

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Seguidamente mandó que ataran al cuerpo del mártir una enorme rueda de molino y lo arrojaran al mar. Esta orden fue cumplida por unos navegantes que se hicieron cargo del cadáver, lo llevaron en su barco y lo echaron al agua muy lejos del litoral y regresaron a puerto.

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Pero antes de que ellos arribaran, los venerables restos de San Vicente, empujados por las olas, fueron devueltos a un lugar de la costa en el que una ilustre matrona y algunos cristianos avisados sobrenaturalmente por el mismo santo, esperaban su llegada, los recogieron y les dieron honrosa sepultura.

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De este bienaventurado mártir escribe Agustín: “San Vicente venció con sus palabras, venció con sus sufrimientos, venció con su testimonio, venció con sus tribulaciones, venció quemado, venció sumergido y venció muerto. (…) Vicente, de las torturas, salió entrenado; de la flagelación, robustecido; de los golpes, fortalecido; de las llamas, purificado”.

Hablando de este santo dice Ambrosio, en uno de sus escritos: “San Vicente, fue torturado, flagelado, quemado, pero no vencido; la valentía con que en todo momento confesó el nombre de Dios, no sufrío el menor menoscabo. El fuego de su Fe, fue más vivo que el de las llamas que le quemaron. En su ánimo prevaleció el temor de Dios sobre el miedo a los sufrimientos; ni por compadecer a la autoridad de la tierra sacrificó su amor al Señor, ni le importó la muerte temporal con tal de conseguir la vida eterna.

Prudencio, que vivió hacia el año 387, en tiempo del emperador Teodosio el Viejo, dice que Vicente respondió a Daciano: “Las torturas, las cárceles, los garfios, las planchas de metal incandescente, y hasta la muerte misma, que es la pena definitiva, para los cristianos constituyen una fiesta”. (…) Cuando estaba en la cárcel, se le apareció un ángel de Dios y le dijo: “¡Ánimo! ¡No tengas miedo! ¡Eres un soldado invencible, más fuerte que los más fuertes! Estos crueles suplicios que padeces equivalen a gritos de victoria. ¡Eres el más ilustre de los ilustres! ¡Sólo tú has conseguido lo que nadie ha conseguido hasta ahora: la palma de una doble victoria y dos coronas a la vez!”.

6 comentarios »

6 comentarios a “Martirio de San Vicente Mártir”

  1. Alberto, el 27 mayo 2009 a las 22:10 h #

    ¿Y hay alguien capaz de creerse esta sarta de tonterías? Con lo supersticiosos que eran los romanos con la cuarta parte de los milagros que se cuentan aquí se hubiera convertido medio imperio. Y hablan de Ambrosio que se hizo cristiano para no pagar impuestos y que de cada dos palabras que decía tres eran mentiras.

  2. Santiago, el 14 julio 2009 a las 9:21 h #

    El comentario de Alberto es una prueba más de la verdad que contiene el texto: el alma de los impíos no se convence ni ante los mayores y más claros milagros.
    San Vicente, como tantos y tantos mártires (testigos) de los primeros tiempos sufrió sólo porque era cristiano y creía en Dios lo que no gustaba a los materialistas de la época… igualito que ahora mismo en China, en Corea del Norte, en Nigeria… a manos de los que prefieren no creer en Dios “porque son supersticiones y cuentos”, pero en su materialismo, el camino de éstos siempre, siempre, siempre, acaba en dolor, sangre y muerte para los que no son como ellos.
    Sólo tenemos que ver lo que ha pasado en Rusia, China, Vietnam, Cuba, Angola, Mozambique, Yugoslavia, Albania, Checoslovaquia, Hungría, Etiopía…
    Genuinos “paraísos de los trabajadores” según la propaganda más servil pero auténticas cárceles en las que si no se permite siquiera vestir como te de la gana (ej. mil millones de chinos vestidos de uniforme) mucho menos “pensar” en Dios.

  3. tommaso, el 6 octubre 2009 a las 20:54 h #

    Muchas gracias a S. Vincent Marrtir.
    Hoy en dia necesitamos soldatos de Dios tan valientes!
    La lucha contra el Mal es dificil, pero el Bien va a triunfar siempre.
    Nosotros los humanos tenemos que vencer los pecados con la fuerza de nuestra Fe y con la ayuda de Dios.
    Ademas tenemos siempre que confiar en Dios, que siempre quiere lo mejor para Nosotros!!!!
    Es verdad y tenemos que aprenderlo: Dios quiere siempre lo mejor para nosotros!
    DIOS QUIERE SIEMPRE LO MEJOR PARA NOSOTROS.
    MUCHAS GRACIAS S. VINCENTE MARTIR.
    YO CONFIO EN TI, EN JESUS Y EN LA SANCTISIMA VIRGEN MARIA.

    TOMMASO

  4. Escuela Medieval « literaturahistoriarte, el 2 diciembre 2011 a las 5:51 h #

    […] Fragmento Martirio de San Vicente Mártir […]

  5. Mariam, el 22 enero 2013 a las 14:07 h #

    Muy interesante la vida de San Vicente Mártir,la verdad pobrecito lo que sufrio,las torturas que le hicieron,pues no sabia que lo habia pasado tan mal,y la verdad era muy fuerte para aguantar todas las barbaridades que le hicieron,fue muy valiente,sin embargo a pesar de que es el patron de Valéncia y es fiesta el 22 de enero,pero solo en la capital,en los pueblos no es fiesta,y San Vicente Ferrer es fiesta en toda la comunidad valenciana,aunque para mi se merece que sea más fiesta este santo,San Vicente Mártir,por supuesto respetando al otro a San Vicente Ferrer,esto lo digo porque no fue martirizado,creo que murio de enfermedad de todos los modos a los dos Santos Valencianos les tengo fé..pues yo soy creyente,creo en Dios el único Dios verdadero y único,pues cada día que pasa creo más en Él,si no fuera por Dios quizá yo no estaria en esta vida,pues yo vivo sola,no tengo familia,o sea so huerfana ya llevo años asi,,solo tengo unos primos y ellos hacen su vida..también tengo unas amigas que practicamente me llevo bien con ellas aunque también hacen su vida,pues sin trabajo,solo cobrando subsideo desempleo para mayores de 52 años,ya que yo tengo 56 ..y estoy también algo delicada en salud en muchas cosas..esto lo comento..porque cada dia estoy más cerca de Dios que me ayuda a llevar el día a día a tener fuerza,energía y ganas de vivir,ya que la vida es bella y el sol sale para todos,a pesar de los problemas que tengamos..Tenemos que vencer a los pecados todo lo que podamos a pesar de que es dificil,y perdonar a la gente aunque nos hagan daño…Gracias a Dios,a la Virgen María,al Espiritu Santo y a todos los Santos.Amén

  6. María Rafaela TorresAbalo, el 22 enero 2013 a las 17:58 h #

    Sumo a los comentarios de Tommaso y Santiago -que anteriormente defendieron la conducta ejemplar de San Vicente- el mío propio: he puesto su nombre a mi hijo mayor, y también se llaman así mi hermano, mi padre y mi abuelo. También un primo, hijo de una hermana de mi abuelo. Creo que mi familia entera lo ha honrado a este santo y hoy que es su día de homenaje, he leído su vida, contada por San Agustín y tantos que conocieron su historia.
    ¡Bendito San Vicente! Que en la Gloria, vea el rostro del Señor por quien padeciste persecusión. El Señor Jesús dijo en el Sermón de la Montaña: “Felices los que sufran persecucíón a causa de mi nombre cuando por mi causa los vituperen y los persigan, y digan toda clase de mal contra ustedes, mintiendo. alegrense, porque su galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.”

    María Rafaela TorresAbalo
    San Nicolás, Buenos Aires
    ARGENTINA

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